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Cómo Zyban me ayudó a dejar de fumar después de 27 años

10 min read Updated March 29, 2026

Cómo Zyban me ayudó a dejar de fumar después de 27 años

Me llamo Andrés Vargas, tengo 50 años y soy de Medellín, Colombia. Fumé durante 27 años. Veintisiete años encendiéndole a la vida por el lado equivocado, como decía mi mamá. Hoy llevo más de un año sin tocar un cigarrillo y me siento como un hombre nuevo. Esta es la historia de cómo un medicamento llamado Zyban, junto con mucha determinación y el apoyo de la gente que quiero, me devolvió la vida que el tabaco me estaba quitando.

El comienzo: un pelao de 23 años en la Medellín de los noventa

Empecé a fumar a los 23 años, en 1999. Trabajaba como vendedor en un almacén de repuestos en el centro de Medellín, por el sector de San Juan. En esa época, Medellín estaba cambiando. La ciudad empezaba a dejar atrás los años más difíciles y había una energía nueva en las calles. Pero el estrés del trabajo, las jornadas largas y la presión por cumplir metas de ventas me tenían agotado.

Un compañero del almacén, el Mono Gómez, siempre fumaba Pielroja en la puerta del negocio durante el almuerzo. Un día me ofreció uno. “Pruebe, hermano, que eso lo relaja a uno”, me dijo. Y yo, que era un pelao que quería parecer más hombre, lo acepté. Ese primer Pielroja me hizo toser como loco, pero al segundo día ya estaba comprándome mi propia cajetilla.

Veintisiete años de humo paisa

Con los años fui escalando. De los Pielroja pasé a los Marlboro cuando mejoró mi situación económica. Para cuando cumplí los 30, ya fumaba una cajetilla diaria sin falta. A los 40, era cajetilla y media. En mis peores momentos llegué a dos cajetillas al día.

Fumar era parte de mi identidad como paisa. Las tardes tomando tinto en el parque de El Poblado con un cigarrillo. Los fines de semana en la finca de un amigo en Santa Elena, fumando mientras mirábamos el valle desde arriba. Las noches de rumba en el Parque Lleras, con aguardiente Antioqueño y cigarrillo tras cigarrillo. Todo giraba alrededor del tabaco.

Mi esposa, Carolina, me rogaba que dejara de fumar. “Andrés, usted huele a cenicero andante”, me decía. Mis hijos, cuando eran pequeños, se quejaban del olor. Mi mamá, doña Gloria, que vive en el barrio Belén, me llamaba todos los domingos y siempre terminaba la conversación con lo mismo: “Mijo, deje esa porquería de cigarrillo.” Yo le decía que sí, que ya iba a dejar, que la próxima semana. Pero la próxima semana nunca llegaba.

Los intentos que se quedaron en el camino

Intenté dejar de fumar cuatro veces antes de lograrlo. La primera, a los 35 años, lo hice a las malas, de un día para otro. Duré cinco días. La ansiedad era tan brutal que me la pasaba gritándole a todo el mundo en el almacén. Un cliente me reclamó por el mal servicio y casi lo mando a volar. Ese día compré una cajetilla y fumé seis cigarrillos seguidos.

La segunda vez probé con chicles de nicotina que compré en una droguería de la carrera 70. Me duraron dos semanas. Los chicles me daban un sabor raro en la boca y me producían hipo. Los dejé y volví al cigarrillo.

La tercera vez fue con un vapeador. Pensé que eso de vapear era más moderno y menos dañino. Lo único que conseguí fue gastar plata en líquidos y cartuchos mientras seguía fumando cigarrillos normales por el lado. Terminé peor que antes.

La cuarta vez probé dejarlo con fuerza de voluntad y rezos. Le pedí mucho a Dios y a la Virgen del Carmen que me ayudaran. Duré un mes entero, que fue mi récord hasta entonces. Pero en una reunión de fin de año con los amigos del barrio, alguien me ofreció un cigarrillo y lo acepté. “Solo uno”, me dije. Al día siguiente estaba comprando cajetilla otra vez.

El susto que me abrió los ojos

En agosto de 2024, estaba jugando un partido de futbol con unos amigos en una cancha del barrio Laureles. A los diez minutos de juego sentí un dolor en el pecho y me quedé sin aire. Tuve que sentarme en la banca y me costó varios minutos recuperar el aliento. Uno de mis amigos, que es médico, me miró preocupado y me dijo: “Andrés, tiene que ir al cardiólogo ya.”

Fui a la Clínica Las Américas y me hicieron una serie de exámenes. El corazón estaba bien, gracias a Dios, pero el neumólogo me encontró una capacidad pulmonar reducida y señales tempranas de bronquitis crónica. “Don Andrés, usted tiene 49 años y lleva fumando 27. Si no deja el cigarrillo ahora, en cinco años va a estar cargando un tanque de oxígeno”, me dijo sin anestesia.

Esa noche llegué a la casa y me senté con Carolina en la sala. Le conté todo lo que el doctor me había dicho. Ella me agarró las manos y me dijo: “Andrés, yo lo quiero vivo. Los muchachos lo quieren vivo. Haga lo que tenga que hacer, pero deje ese veneno.” Sus ojos se llenaron de lágrimas y los míos también.

Descubriendo Zyban

El neumólogo me remitió a un programa de cesación tabáquica en la clínica. Allí me atendió una doctora especialista que evaluó mi historial y, considerando mis múltiples intentos fallidos, me recomendó un tratamiento con bupropión, que en Colombia se consigue comercialmente como Zyban o como Wellbutrin.

Me explicó que Zyban actúa sobre los neurotransmisores del cerebro, reduciendo las ganas de fumar y disminuyendo los síntomas de abstinencia. No contiene nicotina, lo cual me pareció importante porque quería cortar con la nicotina de raíz. Me advirtió sobre posibles efectos secundarios: insomnio, boca seca, algo de nerviosismo. Pero me dijo que en la mayoría de los casos eran manejables.

El tratamiento comenzaba dos semanas antes de dejar de fumar. Es decir, uno empieza a tomar la pastilla mientras todavía fuma, y luego se fija una fecha para dejar el cigarrillo definitivamente. Eso me pareció muy inteligente porque le da al medicamento tiempo de hacer efecto antes de enfrentar la abstinencia.

Las primeras semanas con el medicamento

Empecé a tomar Zyban a principios de octubre de 2024. La primera semana tomaba una pastilla de 150 mg por la mañana. La segunda semana subí a dos pastillas: una por la mañana y otra por la tarde. Durante esas dos semanas seguí fumando, pero noté algo curioso: los cigarrillos empezaron a saberme diferente. No me producían el mismo placer de antes. Era como si el medicamento estuviera apagando poco a poco el interés de mi cerebro por la nicotina.

El 18 de octubre de 2024, la fecha que habíamos fijado con la doctora, fumé mi último cigarrillo. Fue a las once de la noche, en el balcón de mi apartamento en El Poblado. Miré las luces de Medellín desde arriba, le di la última calada a ese Marlboro y lo apagué. “Esto se acabó, hermano”, me dije a mí mismo.

Los primeros días sin cigarrillo, con el Zyban ya haciendo pleno efecto, fueron sorprendentemente llevaderos comparados con mis intentos anteriores. La urgencia física de fumar estaba ahí, pero amortiguada. Era como si alguien hubiera bajado el volumen de esa voz en mi cabeza que me pedía un cigarrillo. Seguía sonando, pero ya no gritaba.

Los efectos secundarios aparecieron, pero fueron manejables tal como me había dicho la doctora. Tuve algo de insomnio las primeras dos semanas. Me costaba conciliar el sueño y me despertaba a las cuatro o cinco de la mañana. También sentía la boca seca todo el tiempo, así que andaba con una botella de agua para todas partes. Pero comparado con la ansiedad salvaje que había sentido en intentos anteriores, esto era nada.

Las estrategias complementarias

La doctora me insistió en que el medicamento era solo una parte del tratamiento. Necesitaba cambiar hábitos, buscar apoyo y desarrollar estrategias para los momentos difíciles.

Empecé a caminar por las mañanas. Me levantaba temprano y subía al cerro Nutibara. Al principio me costaba mucho, me faltaba el aire y tenía que parar cada cinco minutos. Pero cada semana podía subir un poquito más sin descansar. A los dos meses ya subía hasta arriba sin parar. Esa sensación de logro era mejor que cualquier cigarrillo.

También empecé a ir a un grupo de apoyo que se reunía los miércoles en un centro comunitario de la comuna 14. Éramos ocho personas, todos tratando de dejar el cigarrillo. Compartíamos nuestras luchas, nuestros pequeños triunfos, nuestros momentos de debilidad. Tener a esa gente me hizo sentir que no estaba solo en esto.

Carolina fue mi pilar fundamental. Cada noche, antes de dormir, me preguntaba cómo había sido mi día sin cigarrillo. Celebraba conmigo cada día limpio. Me abrazaba cuando la ansiedad apretaba. Me preparaba jugos naturales de lulo y maracuyá porque leyó que la vitamina C ayuda a desintoxicar el cuerpo de la nicotina. No sé si eso es verdad, pero el gesto de amor era más curativo que cualquier vitamina.

El momento más difícil

El momento más difícil fue en diciembre de 2024, durante la Navidad. La temporada decembrina en Medellín es mágica, con los alumbrados y la música y las reuniones familiares. Pero para un exfumador reciente, es un campo minado de tentaciones.

En la cena de Nochebuena, en la casa de mi mamá en Belén, mis primos estaban fumando en el patio. El olor del cigarrillo me llegó mezclado con el olor de los buñuelos y la natilla. Sentí una punzada de deseo tan fuerte que me temblaron las manos. Me disculpé, entré a la casa y me encerré en el baño un momento. Respiré profundo, tomé agua, y me repetí en voz baja: “No vale la pena. No vale la pena. No vale la pena.” Salí del baño y le dije a Carolina: “Vámonos para la sala que ya van a poner la novena.” Ella entendió inmediatamente lo que estaba pasando y me agarró del brazo con fuerza. Esa noche no fumé.

Los resultados que hablan por sí solos

A los tres meses de tratamiento con Zyban, la doctora evaluó mi progreso y me fue bajando la dosis gradualmente hasta suspender el medicamento. Para entonces, la adicción física estaba controlada y yo ya tenía las herramientas psicológicas para manejar las ganas sin ayuda farmacológica.

Los cambios en mi salud fueron impresionantes. La tos matutina que me había acompañado durante años desapareció por completo al segundo mes. Mi capacidad pulmonar mejoró un 20% según las pruebas del neumólogo. Ya puedo jugar un partido completo de futbol con mis amigos sin quedarme muerto. Puedo subir los escalones del Metro de Medellín sin jadear.

El dinero ahorrado es otro tema. Una cajetilla de Marlboro en Colombia cuesta alrededor de 14.000 pesos. Yo gastaba entre 14.000 y 21.000 pesos diarios. En un año, eso son más de seis millones de pesos. Con ese dinero hicimos un viaje familiar a Cartagena que habíamos pospuesto por años. Mis hijos se la pasaron increíble. Y yo pude caminar por las murallas de la ciudad vieja sin parar a recuperar el aliento cada cinco minutos.

Lo que aprendí en este proceso

Aprendí que la adicción al cigarrillo es una enfermedad, no un defecto de carácter. Durante años me sentí débil por no poder dejar de fumar. Me avergonzaba cada vez que fracasaba. Pero cuando entendí que mi cerebro estaba enganchado a una sustancia química y que necesitaba ayuda médica para liberarme, dejé de castigarme y empecé a buscar soluciones reales.

Aprendí que no hay un solo camino para dejar de fumar. Lo que funciona para uno puede no funcionar para otro. Los chicles no funcionaron para mí. El vapeador tampoco. La fuerza de voluntad sola no alcanzó. Pero Zyban, combinado con apoyo profesional, apoyo familiar y cambios de hábitos, fue la fórmula que me funcionó.

Mi vida hoy a los 50 años

Hoy tengo 50 años y me siento mejor que a los 40. Me levanto por las mañanas sin tos. Respiro profundo y el aire llena mis pulmones sin dolor. Puedo oler el café recién hecho en la cocina, los mangos maduros del árbol del vecino, las flores de los jardines de El Poblado. Mi ropa huele a limpio. Mi carro huele a limpio. Mi vida huele a limpio.

Mi mamá ya no me regaña los domingos por teléfono. Ahora me dice: “Mijo, estoy tan orgullosa de usted.” Y esas palabras, después de 27 años de escucharla preocupada, son el mejor premio que he recibido en mi vida.

Para los que todavía fuman

Si estás leyendo esto y llevas años fumando, quiero que sepas que hay salida. No importa cuánto tiempo lleves fumando. Yo fumé 27 años y hoy soy libre. Habla con tu médico. Pregunta por las opciones de tratamiento. Si has intentado dejarlo y has fallado, no te rindas. Cada intento te acerca más a la victoria.

Y si alguien te dice que después de tantos años ya no vale la pena dejarlo, no le creas. Siempre vale la pena. Tu cuerpo se recupera. Tus pulmones sanan. Tu vida mejora. Yo soy la prueba de que nunca es tarde para volver a respirar.